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Sacando los CachivachesMi garaje sirve de «almacén» de aquellas cosas que no encuentran un lugar en nuestro hogar y, francamente, hay momentos en los que me avergüenzo de abrir la puerta. No quiero que nadie vea los cachivaches. Así que, con regularidad, separo un día para sacarlos. Nuestros corazones y nuestras mentes se parecen mucho a eso; acumulan muchos cachivaches. Al chocarnos con el mundo, inevitable, tal vez inconscientemente, tomamos pensamientos y actitudes impías, como pensar que todo en la vida gira a nuestro alrededor, demandar nuestros derechos o reaccionar amargamente hacia aquellos que nos han herido. Rápidamente nuestros corazones y nuestras mentes ya no están limpios ni ordenados. Y aunque pensemos que podemos esconder todo ese desorden, éste al final se hará evidente.
Pablo preguntó claramente: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?» (1 Corintios 6:19). Esto hace que me pregunte si Dios a menudo sentirá que está viviendo en nuestro desordenado garaje. Tal vez sea momento de separar un día espiritual y, con Su ayuda, ponerte a trabajar para sacar los cachivaches. Deshazte de esos pensamientos de amargura. Mete en bolsas y echa fuera los viejos patrones de pensamientos sensuales. Organiza tus actitudes. Llena tu corazón de la belleza de la Palabra de Dios. Límpiate a fondo, ¡y luego deja la puerta abierta para que todos lo vean! —JMS No dejes que el Espíritu more en un corazón abarrotado. ¡Tómate un tiempo para limpiarlo hoy! He aquí tu sierva
He aquí tu siervaAnte la incertidumbre de un futuro desconocido María escoge la sumisión a Dios.Texto de referencia: Lucas 1.26-38Encuentro: Vuelva a leer el relato de la visita de Gabriel a María. Procure identificar lo que representaba para María entrar en el plan de Dios. ¿De qué forma respondió ella al proyecto celestial?Aporte: Involucrarse con la persona de Jesús no siempre resulta en la experiencia tan placentera que imaginamos. El Señor puede invitarnos a transitar por un camino que despertará la censura en aquellos que son parte de nuestro entorno cotidiano. La única forma de responder es rendirnos a sus pies. De hecho, caminar con él es un llamado a volver a convertirnos cada día.Desde la comodidad de quienes conocemos la totalidad de la historia de Jesús es muy fácil que le otorguemos al encuentro de Gabriel con María una irresistible mística. ¿Qué mujer no hubiera querido estar en el lugar de ella, escogida para tan sublime llamado?Si nos ubicamos en el lugar de la joven israelita, sin embargo, quizás podamos percibir algo del profundo desconcierto que le produjo el anuncio del ángel. Una mujer embarazada fuera del matrimonio era, en esa sociedad, un asunto que podía acarrear las más serias consecuencias para ella. ¿Qué explicación podía ofrecer esta jovencita ante tan escandalosa situación? Más allá de las burlas y el desprecio de la gente de su pueblo, María corría el peligro de perder a su prometido. ¿Quién iba a querer casarse con una que, ante los ojos del mundo, no era más que una ordinaria «mujerzuela»? Los más radicales podían incluso creer que era necesaria una severa disciplina para semejante desliz moral.Nada de esto parece preocupar al Señor. El que desee involucrarse con Cristo deberá entender que se ganará el desprecio y la condenación de los que andan en tinieblas. El mismo Hijo de Dios llegaría un día a interceder ante el Padre por sus seguidores, diciendo: «Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo». Solamente aquellos que están dispuestos a darle la espalda a la aprobación de los hombres podrán constituirse en verdaderos discípulos de él. ¿Será esta la razón por la que muchos de nosotros imponemos fuertes restricciones a nuestra vida espiritual, limitando nuestros encuentros con Jesús a unos pocos momentos por semana? Darle mayor libertad a él podría producir semejante descalabro en nuestro ordenado mundo y nunca más seríamos iguales.Claramente la propuesta de Dios implica para María la posibilidad de una vida de incomprensión y humillación. Es precisamente por esta razón que la respuesta de ella es tan sublime: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra». Ante la incertidumbre de un futuro desconocido ella escoge la sumisión a Dios. ¡Cuánta grandeza revelada en esta sencilla actitud! La más intensa lucha interior debe, finalmente, desembocar en este punto. Los argumentos, las dudas, la incertidumbre, y aun la vida misma quedan rendidos ante la grandeza de Aquel en cuyas manos está escondido nuestro destino. No vemos claridad sobre lo que nos depara el futuro, pero se ha apoderado de nosotros una extraña paz que no encuentra explicación. Se instalará en lo profundo de nuestro ser la inconfundible convicción de que hemos escogido la vida, y quien escoge la vida no será defraudado.Fe con Obras
Fe Con Obras
A diferencia de la lástima, la compasión traduce el sentimiento de angustia por la necesidad del Prójimo. Texto Biblico Base: Mateo 15:32-38 El apóstol Santiago, quien probablemente escribió la primera epístola del Nuevo Testamento, confrontó a la iglesia naciente con algunos asuntos netamente prácticos relacionados al ejercicio de la vida espiritual. Con el estilo directo que lo caracteriza, pregunta a sus lectores: «¿Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y saciaos", pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta» (Stg 2.14?17). La fe de tal persona no tiene vida, afirma Santiago, porque las obras son la evidencia más tangible de un corazón trabajado por Dios. Estaba preocupado de que la Iglesia se inclinara hacia una espiritualidad egoísta, que excluía del ejercicio de su fe las acciones concretas de amor hacia los demás. Esta misma actitud había caracterizado al pueblo de Israel durante siglos. En el pasaje que consideramos esta semana podemos encontrar el origen de la convicción que movía el corazón del apóstol, el ejemplo mismo de Jesús. El incidente que relata el evangelio de Mateo seguramente es representativo de decenas de situaciones similares en las que los discípulos tuvieron oportunidad de ver cómo el espíritu tierno de Cristo se traducía en acciones concretas hacia aquellos que estaban a su alrededor. El evangelista nos dice que, «entonces Jesús, llamando junto a sí a sus discípulos, les dijo: Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallezcan en el camino» (v. 32). Debemos notar, al pasar, el asombroso compromiso de la multitud con la persona de Cristo, pues habían estado con él en el lapso de tres días. Es evidente que durante ese tiempo las personas no habían tenido oportunidad de volver a su casa ni de procurar algún alimento. Esta clase de comportamiento siempre ha sido la evidencia más clara del obrar soberano de Dios, pues la intensidad del momento espiritual lleva a que los participantes pierdan la noción del tiempo y desatiendan aun sus necesidades más básicas. Algunos, incluso, podrían haberse sentido tentados a descartar estas necesidades como molestas distracciones frente al mover de Dios. Sin embargo, la situación no escapó de los ojos acuciosos de Jesús y fue movido a compasión. La compasión es una de las características que distingue a la persona cuyo corazón ha sido tocado por el amor de Dios. A diferencia de la lástima, la compasión traduce el sentimiento de angustia por la necesidad del prójimo en una acción concreta que busca aliviar dicha situación. En este caso, Cristo reunió a sus discípulos con un doble propósito, además de señalar la premura de la gente, también pretendía movilizarlos a la acción. El proceder de Jesús está plenamente alineado con el corazón bondadoso del Padre. Encontramos una expresión típica de su ternura en Deuteronomio 15.7 y 8: «Cuando haya algún pobre entre tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová, tu Dios, te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano liberalmente y le prestarás lo que en efecto necesite». ¿Por qué Jesús compartió con sus discípulos la necesidad de la multitud? ¿Cuál fue la reacción de ellos?, ¿qué revela esta acerca de la perspectiva de los discípulos? Influencia PeligrosaInfluencia Peligrosa
Algunas actividades, que no parecen «tener nada de malo», con el tiempo, pueden llegar a ser letales
Texto Biblico Base: Mateo 16:5-12 (BA) Los discípulos no comprendieron la advertencia que Jesús les dio acerca de la levadura de los fariseos y los saduceos hasta que él los corrigió. En cuanto recibieron la aclaración, relata Mateo, «entendieron que no les había dicho que se guardaran de la levadura de los panes, sino de la enseñanza de los fariseos y saduceos». Resulta instructivo meditar por qué Jesús escogió comparar la influencia de los grupos religiosos más prominentes de la época con levadura, una sustancia cuya mención casi siempre tiene connotaciones negativas en las Escrituras. En el Antiguo Testamento simbolizaba la vida que el pueblo de Israel dejaba en Egipto. Llevaron con ellos panes sin levadura porque su salida fue apresurada y no les dio tiempo para acarrear nada de lo que hubieran podido llevar consigo si su partida hubiera sido planificada con mucha anticipación. De alguna manera el pan sin levadura les recordaría que al salir de Egipto debieron dejar todo lo que ella representaba. Existen dos elementos en la levadura sobre los cuales vale la pena meditar. El primero de ellos lo señaló Pablo a las iglesias de Corinto y Galacia: «¿Acaso no sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?» (1Co 5.6). En ambas congregaciones el contexto de este comentario surgía de una actitud ligera y poco seria hacia aquellos que andaban en pecado. La preocupación del apóstol era, precisamente, que para leudar una masa se necesitaba, tan solamente, una pequeña cantidad de levadura. Ya que algo pequeño y aparentemente «insignificante» puede traer serias consecuencias para todo un grupo. No obstante, en el ministerio, no intervenimos en muchas situaciones potencialmente peligrosas porque juzgamos que no son para preocupar a nadie. Tristemente, lo que hoy es un pequeño problema, mañana puede convertirse en una congregación dividida. El líder sabio entiende que algunos problemas de origen insignificante pueden degenerar en verdaderos dolores de cabeza si no son manejados a tiempo. Tal es el caso de Absalón, que lentamente robó el corazón de los hombres de Israel, con comentarios aparentemente inocentes. La falta de intervención en esta situación, eventualmente se convirtió en un intento de destronar a David, su padre. Un segundo elemento a notar en la levadura es que su influencia es prácticamente imperceptible. Si uno mezcla un poco con una medida de harina, no observará ningún cambio inmediato. La harina aparentemente ha hecho desaparecer la levadura. Si vuelve en una hora, sin embargo, encontrará que la masa ha crecido asombrosamente. Sin poder identificar el proceso puntual, la levadura ha efectuado su trabajo y ha contaminado toda la masa. Del mismo modo, los efectos nocivos de ciertos hábitos y pensamientos no son siempre aparentes en un primer momento, pero lentamente van socavando los fundamentos espirituales de la vida y acaban por producir su derrumbamiento. Por esto, es acertado afirmar que el pecado no es el producto de un instante. Más bien es el resultado final de un proceso de debilitamiento interno que acaba en un acto puntual que lo revela. El llamado a estar alertas es uno que demanda de nosotros una actitud de discernimiento. Algunas actividades, que no parecen «tener nada de malo», con el tiempo, pueden llegar a ser letales. Esta puede ser la razón por la cual Pablo afirmó: « Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen» (1Co 6.12). ¡Qué pregunta!
¡Qué pregunta!
Nuestra respuesta acerca de la identidad de Jesús revela mucho acerca de nuestro corazón y del lugar que él ocupa
Texto Biblico base: Mateo 16: 13-28
Seguro usted está familiarizado con el evento en el cual Cristo decide confirmar a sus discípulos su identidad como el Hijo de Dios. Inicia este proceso con una pregunta inocente acerca de lo que la gente dice de él, una pregunta que pudiera expresar simplemente una curiosidad. Frente a la respuesta de ellos, sin embargo, Jesús les interroga por segunda vez, pero en un plano muy personal y comprometedor: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Es bueno que nos detengamos por un instante para tomar conciencia del peso de esta pregunta. Ella posee un elemento de intimidad que desanima a la respuesta teológica, la clase de declaración despersonalizada que podríamos dar si estuviéramos describiendo a un tercero. La pregunta invita a los discípulos a que miren a Cristo a los ojos y le digan quien es él para ellos. La respuesta que den revelará mucho acerca de la relación que sostienen con el Mesías y el lugar que él ocupa en sus vidas. Es una respuesta que no se puede dar con liviandad ni con ligereza. ¿Si usted hubiera estado presente, qué clase de respuesta le hubiera dado al Señor? Imagine por un instante que usted está parado frente a él y lo mira a los ojos, para confesarle quién considera que es él. ¿Usaría las mismas frases que tantas veces repetimos en nuestras reuniones acerca de Cristo? ¿Se sentiría un poco avergonzado porque su respuesta habla de un Jesús a quién usted no conoce con la intimidad que desearía? El hecho es que nuestra respuesta revela mucho acerca de nuestro corazón y del lugar que él ocupa en nuestra vida. Es muy posible que existan contradicciones entre la respuesta automática, a la que estamos acostumbrados, y esta otra declaración, íntima, honesta y comprometida que habla de algunas de las incongruencias de nuestra vida espiritual. Pedro se tomó la atribución de responder por el grupo. Dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Nos resulta difícil percibir el peso que para un judío del primer siglo tenía confesarle a alguien que era el Mesías, el enviado de Dios. Significaba reconocer que la persona era la encarnación de todas las profecías y los sueños que señalaban la llegada de tan mítica figura. Un israelita no pronunciaría tal declaración con liviandad ni ligereza. Señalaba la existencia de una relación innegable entre el Jesús presente y el Dios histórico y eterno del pueblo escogido. Era una declaración que poseía implicaciones dramáticas, no solamente para la vida de los Doce sino también para Israel y las naciones de la tierra. Jesús le respondió: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Medite en esta declaración por un instante. ¿En qué consistía la bendición a la cual había accedido Pedro con esta revelación? ¿En su opinión, por qué era necesario que Jesús le explicara a Pedro el origen de su confesión de fe? ¿Dónde está el tesoro?
¿Dónde está el tesoro?
Por Marilú de Segura
En Cristo, Dios nos ha mostrado cuáles son las normas y expectativas de su Reino. Mediante su vida, ministerio y enseñanza resaltó aquello que era verdaderamente importante. Es decir, a qué asuntos dedicar nuestro esfuerzo, qué es lo que debemos buscar de todo corazón, en fin… ¡nuestros tesoros! Sólo basta dar un vistazo a nuestro alrededor para entender la urgencia de tratar seriamente el tema de los valores. Es verdad que al pensar en esto nos sentimos un poco frustradas, porque, aunque comprendemos su importancia, cada vez parece más abstracta y difícil de transformar en actos de integridad concretos y generalizados. Un valor es aquello que apreciamos porque nos parece importante. Por eso todas las personas, por extraño que parezca, establecen su propio sistema de valores que sostiene sus acciones e intenciones. Cuando los actos de una persona van en contra de lo social o legalmente aceptable, significa que su sistema de valores tiene coordenadas (tal vez puntos de partida) diferentes a los demás, pero no por esto carece de ellos. Ahora bien, los valores de algunos pueden ser su propio bienestar y el desinterés por las personas que le rodean. Podemos, asimismo, estimar comportamientos que a la luz de la Palabra de Dios son equivocados, como por ejemplo, gozar del mal ajeno, vengar las ofensas por la propia mano, considerar el dinero y la fama como medida de la dignidad personal y otros por el estilo. Sin embargo, para determinar cuáles son los valores que efectivamente contribuyen a una vida mejor, que trasciende, debemos comenzar por considerar a Jesucristo como modelo de hombre en relación con el mundo. En Cristo, Dios nos ha mostrado cuáles son las normas y expectativas de su Reino. Mediante su vida, ministerio y enseñanza resaltó aquello que era verdaderamente importante. Es decir, a qué asuntos dedicar nuestro esfuerzo, qué es lo que debemos buscar de todo corazón, en fin… ¡nuestros tesoros! La sociedad actual, al regirse por valores contrarios a los del Reino de Dios, se debate en medio de una profunda crisis moral y una absoluta desorientación en cuanto a lo que es correcto o no. Se caracteriza por la búsqueda egoísta de posesiones materiales y riquezas injustas, interés desmedido en obtener fama y prestigio, sobre valoración de la posición en la escala social, énfasis exagerado en la belleza y la apariencia, entre otros. Estos intereses han llevado a que se diluya lo fundamental y se exalte lo banal y pasajero. Lamentablemente muchos cristianos hemos adoptado ese sistema. Nos hacemos pocas preguntas en relación con las consecuencias de nuestros actos, ya que el criterio para la toma de decisiones es que nos traiga placer y bienestar en lo inmediato. Parece que la satisfacción interna está en el centro de todas las búsquedas. Por el camino del individualismo hemos llegado a dejar de lado al otro —y sus necesidades— como referencia para limitar y ajustar nuestras decisiones. Es como si la tan pregonada libertad impidiera cualquier forma de solidaridad y empeño en el bien común. Vivir en medio del mundo sin pertenecer a él no es tarea fácil. De hecho, el nivel de complejidad (así como en los juegos electrónicos) aumenta cada día. El relativismo y la poca atención a la vivencia de las convicciones nos han llevado a «alivianar» la fe que profesamos. Insistiré, entonces, en el sonoro «pero entre ustedes no será así». Esta frase constituye un llamado del Señor a reconsiderar nuestros caminos. El cristianismo es una opción de vida que se opone —o debería oponerse— al sistema de este mundo. Ciertamente, la integridad, que reúne los valores del Reino, se puede describir como la ausencia de fisuras en nuestro compromiso con su Palabra. ¡Vivir lo que creemos es el desafío! Por esto, mostrar coherencia entre aquello que predicamos y la forma en que realmente nos comportamos es el camino de testimonio más poderoso que se pueda conocer. ¡Qué glorioso sería que cada cristiano fuera una prueba fehaciente del amor eterno de Dios, donde no hay cabida al abandono ni a la negación de los demás! Ellos son imagen y semejanza de Dios. Reconsideremos cada día lo que dirige nuestra manera de vivir y encontremos formas de vencer nuestros habituales mecanismos para esquivar la corrección del Señor. Por supuesto, éste no es un camino exento de luchas y sinsabores. Intentar reorientar los pasos siempre conlleva autoexamen y cambio. Muchas veces no sabemos ni por dónde empezar. Pero precisamente es, en ese momento de incapacidad en que descubrimos nuestra limitada visión, cuando el espíritu del Señor opera las transformaciones profundas que nosotras mismas jamás podríamos producir. Es su gracia la que nos conduce hacia lo que es bueno y agradable a sus ojos. Amigos, el mundo que nos rodea está esperando con avidez muestras concretas de que es posible vivir bajo los valores del Reino, como honestidad, solidaridad y consideración respetuosa de los demás. ¿Seguiremos esperando todavía que otras personas empiecen a nadar contra la corriente? ¡Podemos ser nosotras, en medio de nuestra historia particular, quienes decidamos empezar! No olvidemos que donde está nuestro tesoro estará también nuestro corazón, y éste debe permanecer junto al corazón de Dios. Una lección inolvidableUna lección inolvidable
Cómo líder, sus lecciones más dramáticas y efectivas pueden ser dadas sin el uso de palabras
Texto Biblico Base: Juan 13:15-16 Imagine por un momento que Jesús hubiera enseñado estos principios de la misma manera que nosotros lo hacemos. Primeramente, hubiera anunciado con bastante antelación la fecha de un «seminario sobre servicio», para que los discípulos vayan reservando la fecha e, incluso, invitando a algunos otros interesados. En privado, Cristo dedicaría largas horas a estudiar los textos bíblicos acerca del tema del servicio, armando cuidadosamente sus argumentos a favor de los diferentes aspectos de este tema. En la fecha establecida, los hubiera reunido y habría compartido los resultados de sus estudios, presentando amplias evidencias acerca de la importancia del servicio. No hubiera terminado su lección sin una seria exhortación a que los discípulos buscaran ahora practicar lo que habían escuchado en «clase». Usted ya se está dando cuenta de la enorme distancia que separa a nuestros esfuerzos por capacitar a los santos de la manera que Cristo utilizó para enseñar y formar a sus discípulos. Tome nota de su estrategia. No anunció nada. No preparó a los discípulos con un discurso. No les dio ninguna explicación acerca de lo que iba a hacer. En el momento menos esperado, cuando estaban todos relajados y disfrutando de la cena, se levantó y comenzó los preparativos para lavarle los pies. ¿Se imagina las miradas entre los discípulos? ¿Qué cosa se proponía hacer ahora este Maestro tan poco tradicional? Habiendo terminado los preparativos, comenzó a lavarles los pies. Aún sus labios no ofrecían ninguna explicación. Los discípulos lo observaban, seguramente con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Cuando a Pedro, el «vocero» del grupo, le llegó el turno, se atrevió a cuestionar las acciones de Jesús. Precisamente en este momento el Maestro ofrece una explicación, pero es simple y no aclara absolutamente nada. Cuando volvió a la mesa, Jesús se preparó para darles la conclusión de la lección que había visto. Salvo por el diálogo con Pedro, no había pronunciado palabra alguna. Sin embargo, les acababa de enseñar una de las lecciones más dramáticas que habían aprendido en los tres años compartidos con Cristo. No hace falta decir mucho más sobre el tema. Cómo líder, sus lecciones más dramáticas y efectivas pueden ser dadas sin el uso de palabras. Nosotros, sin embargo, tenemos una dependencia enfermiza en el uso de palabras como medio de enseñanza. Nuestras reuniones abundan de palabras. Los miembros de nuestras congregaciones están expuestos a una interminable sucesión de clases y predicaciones. ¿Cuánto de todo esto permanece? Me temo que muy poco. Cristo agregó palabras a su ejemplo. El entendimiento de cada discípulo no se escapó de lo que el Señor había querido enseñar. Pero sus palabras fueron la conclusión perfecta a una lección que ya había sido grabada por fuego en sus corazones. Simplemente les ayudó a procesar lo que habían visto. Para pensar: Howard Hendricks comparte esta observación con los que son maestros: «La educación? la verdadera educación? consiste simplemente en una serie de situaciones apropiadas para impartir enseñanza.» Corazón de LíderCorazón de Líder Un líder debe conocer las necesidades del pueblo, vivir en condiciones similares a las de sus ovejas y mostrar
A uno de tus hermanos pondrás sobre ti como rey; no podrás poner sobre ti a un hombre extranjero que no sea tu hermano? pero él no deberá tener muchos caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de adquirir caballos, pues Jehová os ha dicho: «No volváis nunca por este camino»? Tampoco deberá tener muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni amontonará para sí demasiada plata ni oro. Deuteronomio 17.20 Aunque estas palabras fueron habladas a Moisés hace casi 4.000 años, los conceptos que encierran no han perdido su carácter radical. Con una simple lectura del texto nos damos cuenta de algunos de los elementos que Dios considera indispensable para aquellos que ejercen autoridad. En primer lugar, Dios deseaba que la persona que fuera rey saliera de entre el pueblo. Esto garantizaba que fuera alguien que entendía bien la realidad del pueblo que iba a gobernar. Sería un conocedor de sus costumbres, sus valores, sus luchas y su historia. Todo esto le ayudaría a evitar la clase de imposiciones que provocarían innecesariamente al pueblo, típicas de aquellas personas que entran a una posición de autoridad sin conocer bien a las personas sobre las cuales ejercitarán su gobierno. En muchas ocasiones un pastor, que llega de afuera, implementa cambios que terminan por inflamar los ánimos de la congregación que pretende pastorear. Para toda persona que está en autoridad, es fundamental que se gane el respeto y la buena disposición de aquellos que dirige. Solamente de esa manera estarán dispuestos a seguirle y a colaborar en los proyectos que propone para el mejoramiento de sus vidas Un segundo elemento tiene que ver con la cercanía del rey al pueblo. Dios deseaba que el rey no se enriqueciera, ni que acumulara para sí bienes, ni muchas mujeres. Esta cosas solamente servirían para introducirlo en una realidad distinta a la de las personas que debía representar. Los que tienen abundancia en su casa rápidamente endurecen su corazón y pierden sensibilidad hacia aquellos que están en situaciones de escasez. No obstante esta advertencia, no ha existido en la historia de la humanidad rey que no se haya rodeado de abundancia de lujos. Por esta razón resultó tan difícil para las autoridades aceptar el estilo de Cristo, el único rey que ha vivido entre el pueblo. Muchos pastores, en este tiempo, han aprovechado su situación para acumular riquezas escandalosas, que no han hecho más que poner una barrera entre ellos y las personas que pretenden pastorear. Para que el pastor atienda bien a sus ovejas, debe vivir en una situación similar a la de ellas. Por último, Dios pretendía que un rey jamás buscara lo que necesitaba de la mano de otros países, tales como Egipto. Las necesidades del pueblo debía elevarlas al Señor, dirigiendo al pueblo dentro de un marco puramente espiritual. De igual manera el pastor ha sido llamado a una vida de absoluta dependencia de Dios, buscando del Señor lo que no tiene en sí mismo para dar. Una tarea espiritual requiere de una perspectiva espiritual de la autoridad. Para pensar: Lea Ezequiel 34.1-16 a la luz del texto de hoy y podrá entender por qué Dios condenó con tanta dureza a los pastores de Israel. La venganza y el ReinoLa venganza y el Reino
Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Romanos 12.18 y 19
Hay pocas cosas que calan tan profundo en nuestros corazones como los males que nos vienen por mano de otros. Es más fácil aceptar las dificultades económicas, la falta de trabajo o la enfermedad. Cuando otras personas nos traicionan, sin embargo, nos sentimos dolidos en lo más íntimo de nuestro ser. Superar el mal momento es todo un desafío.
En el texto de hoy Pablo nos da una orientación con respecto a este tema. Primeramente nos recuerda que la paz debe ser una de las características de los que andan en Cristo, porque seguimos a un Dios de paz. De todas formas, la frase «en cuanto dependa de vosotros» nos advierte que el estar en paz con los demás es algo que requiere de la colaboración de dos personas. Es decir, no implica solamente la ausencia de agresión de mi parte, sino también el mismo compromiso de parte de la otra persona. Por esta razón no siempre la paz es absoluta, pues nuestros deseos de estar en paz con los demás no son correspondidos por la otra parte. Nuestro llamado, no obstante, es a agotar todos los caminos posibles para cultivar y mantener una relación de paz con aquellos que son parte de nuestra vida.
El medio donde más cuesta llevar esta exhortación es en aquellas relaciones donde nos hemos sentido agredidos, despreciados o tratados injustamente por otros. Allí nuestros deseos de paz se esfuman y sentimos en nuestro interior una indignación intensa que demanda que este mal sea corregido, sin importar lo que se tenga que hacer para lograrlo.
Es en estas instancias que comenzamos a luchar con los deseos de venganza. Muchas veces creemos que el tema de la venganza pasa por una agresión abierta hacia la otra persona. La venganza, sin embargo, se disfraza de muchas maneras diferentes. Nos basta con saber que la venganza busca que la otra persona pase un mal momento, similar o peor al que hemos vivido nosotros. Esto puede incluir cosas tan sutiles como humillarla públicamente o simplemente desear que lee vaya mal en la vida. La venganza es, en últimas instancias, un sentimiento que se aloja en nuestros corazones. El acto puntual de venganza no es más que una manifestación de ese espíritu amargado que reside dentro de nosotros.
Pablo llama a entregar esto en manos de Dios. Esto es sabio, no solamente porque Dios es el que defiende la causa de sus hijos, sino también porque Dios es el que juzga correctamente todos los elementos de una situación y discierne el camino correcto a seguir. Cuando dejamos la situación en sus manos, estamos afirmando que él sabe bien qué es lo que necesitamos y no hará otra cosa que lo mejor para nosotros.
Para pensar: «Porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba su causa al que juzga justamente.» (1 Pedro 2.22, 23) Llamados a estar en el MundoLlamados a estar en el MundoLa Oración especifica de Jesus fue transformar el mundo.
Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Juan 17. 14-16 (contexto Juan 17)
Las palabras del Señor parecen ser, a primera vista, un poco contradictorias. Por un lado afirma que el mundo ha rechazado a sus discípulos, precisamente porque pertenecen a otro reino enteramente diferente. La diferencia en estilo de vida, en valores y en compromisos, todo se conjuga para poner en evidencia las faltas de los que están identificados con este presente siglo malo. El resultado es, para los que están en Cristo, conflicto y persecución.
En la siguiente frase, sin embargo, Jesús le pide al Padre exactamente lo opuesto de lo que hubiéramos pedido nosotros: que no los quite del mundo. Digo que es lo opuesto de lo que, instintivamente, haríamos nosotros, porque creemos siempre que lo mejor que le puede ocurrir al otro, si está dentro de nuestras posibilidades hacerlo, es que le evitemos pasar un momento de dificultad.
Cristo aclara en su oración que los discípulos no son del mundo. Por esta razón no pretende en ningún momento que se sientan cómodos en este entorno. A pesar de esto, muchos hijos del Señor están dedicados a buscar la manera de pasarlo lo más bien posible en la tierra, mientras caminan a la eternidad.
Debemos meditar en este pedido que le hizo al Padre: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.» ¿Cuál es la razón de esta petición? Es que hemos sido llamados a cumplir una misión, no en otro lado, sino en esta misma tierra donde vivimos. Dios nos ha bendecido para que seamos de bendición a todos los que él pone por nuestro camino para bendecir. «Como el Padre me envió, así también yo los envío ahora a ustedes.» (Jn 20.21) Esta es una parte esencial del llamado de todo discípulo de Cristo. No es posible cumplir este llamado si no estamos en el mundo, ¡precisamente rodeados de aquellas personas que nos rechazan!
Debe causarnos un poco de tristeza, entonces, notar que la iglesia en muchas oportunidades se ha aislado del mundo, tomando refugio en una multitud de programas que tienen como objetivo bendecir a aquellos que ya han sido bendecidos. Nosotros, los pastores, imponemos este mismo estilo a los que se convierten, pues ni bien se han insertado dentro del cuerpo comenzamos a cortar todos los vínculos que tienen con la gente del mundo. Decimos que es para protegerlos de la influencia de los que andan en pecado. Lo que en realidad estamos logrando es frustrar la oración de Cristo, que específicamente le pidió al Padre que no sacara a nadie del mundo.
Más bien, debemos buscar la forma para que, estando activamente involucrados en el mundo, Dios les guarde del mal. Esto es lo que pidió Cristo, y no podemos hacer menos que él. Si salimos del mundo, le hemos dado la espalda a nuestra vocación. Y sin vocación de servicio, no podemos ser discípulos.
Para pensar:
¿Cuánto tiempo les dedica? ¿Se sienten amados por usted? ¿Cuánto tiempo pasa con sus hermanos en la fe? |
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